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Trauma··8 min de lectura

Qué es EMDR y para qué sirve realmente

Explicación clara de la terapia EMDR: en qué consiste, por qué funciona, para qué está indicada y qué se puede esperar de forma realista.

Elena Asensio Menchero

Psicóloga General Sanitaria · Col. M-36691

EMDR es de esas terapias que generan dos reacciones opuestas y las dos poco útiles. Una: escepticismo total, porque descrita en una frase suena francamente rara. Otra: expectativa mágica, porque circulan testimonios de gente a la que «se le quitó todo en tres sesiones».

Ni una cosa ni la otra. Vamos a explicarlo bien.

Qué significa y de dónde viene

EMDR son las siglas de Eye Movement Desensitization and Reprocessing: Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares. Lo desarrolló la psicóloga estadounidense Francine Shapiro a finales de los años ochenta, y desde entonces ha acumulado suficiente investigación como para que la Organización Mundial de la Salud y las principales guías clínicas internacionales lo recomienden como tratamiento de elección para el trastorno de estrés postraumático, junto con la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma.

Es decir: no es una terapia alternativa ni experimental. Es un tratamiento con respaldo empírico.

El problema que intenta resolver

Para entender EMDR hay que entender primero qué le pasa a un recuerdo traumático.

Normalmente, cuando vivimos algo, el cerebro lo procesa durante las horas y los días siguientes: lo integra con lo que ya sabemos, le pone contexto, lo coloca en el pasado. Por eso puedes recordar algo desagradable de hace diez años y notar que «eso ya pasó».

Cuando una experiencia es demasiado intensa o demasiado sostenida, ese procesamiento puede quedar a medias. El recuerdo se almacena tal cual: con la emoción original, las sensaciones corporales originales y las creencias que tenías en ese momento sobre ti mismo. Y al quedar así, se reactiva con cualquier estímulo que se le parezca.

El pasado no está siendo recordado. Está siendo revivido.

Esto explica por qué razonar no basta. Puedes saber perfectamente que ya estás a salvo y que no fue culpa tuya, y sin embargo sentir lo contrario en el cuerpo. La información está guardada en dos sitios distintos.

Qué se hace en una sesión

EMDR es un protocolo de ocho fases. Las tres primeras son de preparación, y son las que más a menudo se omiten al explicarlo.

  1. Historia clínica. Identificar qué experiencias sostienen el malestar actual y en qué orden abordarlas.
  2. Preparación. Asegurar que tienes recursos de regulación suficientes. Aquí se trabaja estabilización: técnicas para poder acercarse al material difícil sin desbordarse. Con historias complejas, esta fase puede llevar semanas, y saltársela es el error más común.
  3. Evaluación. Sobre el recuerdo concreto: qué imagen lo representa, qué creencia negativa lleva asociada («no valgo», «es culpa mía», «no estoy a salvo»), qué creencia te gustaría poder sostener en su lugar, qué emoción aparece y dónde se nota en el cuerpo.
  4. Desensibilización. Aquí entra la estimulación bilateral: movimientos oculares siguiendo mi mano, o sonidos o toques alternos entre izquierda y derecha. Mientras tanto, mantienes la atención en el recuerdo y vas notando lo que va surgiendo, sin dirigirlo.
  5. Instalación. Reforzar la creencia adaptativa que ha ido apareciendo.
  6. Examen corporal. Comprobar que no queda tensión residual asociada.
  7. Cierre. Volver a un estado estable antes de terminar. Nunca se sale de sesión con material abierto.
  8. Reevaluación. Al inicio de la sesión siguiente, comprobar qué se ha consolidado.

¿Por qué funciona la estimulación bilateral?

Con honestidad: no hay todavía consenso completo sobre el mecanismo. La hipótesis con más apoyo experimental es la de la carga en la memoria de trabajo. Al mantener la atención dividida entre el recuerdo y una tarea externa, el recuerdo se evoca de forma menos vívida; y al reconsolidarse después, lo hace con menos carga emocional.

Hay otras hipótesis —la analogía con el sueño REM, la respuesta de orientación— y probablemente actúen varios mecanismos a la vez. Que no sepamos aún explicar del todo el porqué no invalida el resultado: tenemos suficientes ensayos clínicos que muestran que funciona. Pero prefiero decirlo así, sin adornos neurocientíficos que suenan muy bien y no están demostrados.

Para qué está indicado

La indicación mejor establecida es el trastorno de estrés postraumático. Más allá de ahí, se emplea con buenos resultados en duelo complicado, fobias, ansiedad con origen en experiencias concretas, dolor crónico, y en el trauma relacional —esas historias de infancia sin un acontecimiento único y espectacular, pero con un entorno sostenidamente inseguro.

En mi consulta lo integro también en psicocardiología: un ingreso en la UCI o el momento de un infarto dejan con frecuencia una huella traumática que mantiene activo el miedo mucho después de que el corazón esté estabilizado.

Tres cosas que conviene tener claras

No es hipnosis. Estás plenamente consciente y puedes parar cuando quieras.

No hay que contarlo todo con detalle. A diferencia de otros abordajes, EMDR no requiere narrar el acontecimiento entero ni repetirlo sesión tras sesión. Para mucha gente esto marca la diferencia entre poder empezar o no.

No son tres sesiones. Un trauma único y reciente en una persona con buenos recursos puede resolverse en pocas sesiones de reprocesamiento. Una historia de experiencias repetidas a lo largo de años es un trabajo largo y por fases. Quien prometa lo contrario no está siendo honesto.


Elena Asensio es Psicóloga General Sanitaria (col. M-36691) y cuenta con el Diploma de Especialización en Formación Básica en Terapia EMDR, Niveles I y II, por la UNED.

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